Las ciudades necesitan un renovado paradigma de sostenibilidad, sin dejar de lado la contribución sustancial del turismo.

En la mayoría de las urbes existen fuertes tensiones entre la preservación del legado patrimonial —en sus múltiples manifestaciones— y la presión por recuperar áreas centrales deterioradas en nombre del desarrollo económico, en particular del turismo. Es frecuente que estas tensiones se manifiesten hoy como dicotomías donde el pasado se enfrenta al futuro o lo histórico con lo moderno. Aquí es cuando el patrimonio cultural transita un camino paralelo al del desarrollo sostenible de la ciudad, tal como si fueran dos ilustres desconocidos.

En retrospectiva, esta desvinculación no sorprende. El concepto de sostenibilidad data de los años setenta, cuando se advierte el potencial colapso de los sistemas ecológicos del planeta como resultado de un desarrollo enfocado en el crecimiento económico. En ese entonces, el espectro analítico se amplió, no sólo al considerar las interrelaciones e impactos existentes en tres dimensiones: económica, social y ambiental; sino también la vinculación de lo global con lo local, en concordancia con la famosa frase piensa globalmente, actúa localmente.

Una de las definiciones más utilizadas la encontramos en el informe de las Naciones Unidas Nuestro Futuro Común. Por primera vez se concibe a la sostenibilidad como un proceso de largo aliento que involucra a las tres dimensiones mencionadas, a fin de satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer a las futuras. De aquí hasta el acuerdo de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), se dieron pasos significativos en el entendimiento de que el desarrollo sostenible no depende de las acciones de un solo país, sino del esfuerzo conjunto de múltiples actores en distintos contextos, especialmente de las ciudades.

Avances promisorios se dieron también en la Conferencia de Hábitat III (Quito, 2016), dónde se reconoció al patrimonio cultural —tangible e intangible— como factor relevante para el desarrollo urbano sostenible y considerado como un elemento clave para la humanización de las ciudades, la revitalización de áreas urbanas degradadas, el fortalecimiento de la participación social y del ejercicio ciudadano. Asimismo, se puso de relieve su papel en el desarrollo de economías urbanas vibrantes, sustentables e inclusivas, en las que se revigoriza la identidad y singularidades de una ciudad y sus habitantes en un contexto de globalización acelerada.

Pero más allá de esta auspiciosa cita entre patrimonio y sostenibilidad, ¿por qué sigue siendo tan difícil un encuentro definitivo? Una investigación realizada por Francesca Nocca de la Universidad de Nápoles en 40 ciudades, revela que las interrelaciones e impactos más fáciles de medir entre ambos son los relacionados con la economía: el turismo y la recreación, el desarrollo inmobiliario, y la revalorización de los bienes y espacios patrimoniales. Otras interrelaciones relevantes, tales como el incremento en la productividad local, la cohesión e inclusión social, así como el mejoramiento del bienestar de los residentes, resultan más complejas de dimensionar.

Por una parte, es aún difícil determinar con certeza cómo el patrimonio cultural urbano (sitios e inmuebles históricos, la música, la gastronomía u otras expresiones artísticas, por ejemplo) se convierte en uno de los factores clave que alimenta la creatividad y resiliencia de las ciudades para enfrentar desafíos o resolver conflictos de forma sostenible. Por otra, no cabe duda de que el turismo posee el poder de transformar productos culturales en valor económico, vía la creación de trabajo e ingresos en el corto plazo. Según la Organización Mundial del Turismo, entre 2007 y 2016, esta actividad representó aproximadamente 10% del PIB mundial y tuvo incidencia en más de 200 millones de empleos: uno de cada 11 puestos de trabajo. Cerca de un 40% de ellos tuvo relación con el turismo cultural en áreas urbanas.

En América Latina y el Caribe tenemos todavía mucho camino por recorrer. Salvo algunas excepciones, el turismo cultural urbano no supera el 2% del PIB. Pero esta actividad por sí sola no garantiza la sostenibilidad. Debido a la creciente urbanización mundial y la globalización del turismo, se refuerzan no sólo la congestión, sobreutilización y/o degradación de espacios patrimoniales e infraestructuras, sino también procesos inflacionarios que inciden en el comercio, servicios afines y en los bienes raíces; sin olvidarnos de la potencial gentrificación que podría intensificar inequidades sociales y espaciales.

Para que el reciente encuentro entre patrimonio cultural y desarrollo urbano no sea circunstancial, un renovado paradigma de sostenibilidad debe profundizarse, sin dejar de lado la contribución sustancial del turismo. El fomento de la economía circular en la rehabilitación y manejo de iniciativas patrimoniales; la aplicación de tecnologías de la información para optimizar los procesos de planificación y resiliencia urbana incorporando la multidimensionalidad del acervo cultural; o la utilización deliberada de los conocimientos, habilidades y recursos locales para promover modelos de innovación e inclusión social; son algunos pilares de este paradigma. Pensar globalmente y actuar localmente es aún más relevante para que estos dos ilustres se terminen finalmente por conocer.

Alejandro López-Lamia es especialista líder de la División de Vivienda y Desarrollo Urbano del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

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Fuente: https://elpais.com/elpais/2018/04/16/planeta_futuro/1523881874_050183.html

Foto: El casco antiguo de Arequipa (Perú) está catalogado por la Unesco como patrimonio cultural de la humanidad. PIXABAY

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  1. […] Fuente: Unir el patrimonio cultural y el desarrollo urbano […]

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